Hoy quiero compartir uno de los capítulos del libro "Un legado para la Humanidad - Un mensaje de Amor para el mundo" (© Maite Ramos, 1994. Todos los derechos reservados)
Recordando la Magia del Tiempo
Una flauta resonaba en su cabeza. Era una flauta mágica, que llevaba en su música los sonidos de la naturaleza, los sonidos de la totalidad. Un aire mágico la envolvió y se vio entonces en la selva... estaba comenzando otra película de su existencia.
Todo a su alrededor cobraba una vida sin par. Los árboles se sentían vivos, las grandes aves, las flores, las plantas, todo cuanto la rodeaba comprendía una vida sin fin. No había palabras...
Se levantó en medio de esa selva mágica y comenzó a danzar al ritmo de la naturaleza, al ritmo del viento, al ritmo de las aves, al ritmo de Dios. Y desapareció en el tiempo...
Y se vio en una civilización salida de otro tiempo, en donde todo se movía distinto. Todo era una danza. Gentes mágicas caminaban formando una danza entre sus majestuosos templos y pirámides. Eran seres provenientes de otro tiempo. Eran seres que conocían la magia del tiempo. Eran seres que representaban las leyes de Dios en y a través del tiempo. Eran seres cósmicos, seres intergalácticos... otra raza, otra sabiduría, un gran conocimiento sin estructuras. No cabía duda, eran... los Mayas.
Aquello formaba parte de otra realidad. Ella, en aquel mismo instante, ya formaba parte de otra realidad, y entonces comenzó a recordar: todo es tiempo, la clave está en el tiempo, el tiempo está en ti y tú eres Dios, luego el tiempo es Dios y Dios es en el tiempo. Todo tenía un sentido. Todo estaba perfectamente calculado. Una palabra acudió a su mente: "sincronización". Maestros de la sincronización galáctica. Poseían herramientas que les permitían ser una unidad con el gran sol central de la galaxia allá donde estuviesen.
Entraban y salían del planeta a voluntad. Se perdían entre las dimensiones porque poseían la clave de la atemporalidad.
No poseían estructuras, nada estaba limitado para aquellos maestros del sinfín.
La fuerza vital de la tierra era la fuerza universal de Dios. Todo estaba en perfecta comunión y todo tenía un sentido.
¡Dios!, ¡si los seres humanos pudieran llegar a sentir la gran verdad que esto es!
Maestros galácticos tejían a su paso, en el mero hecho de existir, un invisible telar de claves para el resto del mundo. Esas claves estaban impregnadas en sus templos, en sus pirámides, en el aire que ellos respiraban. Eran las claves de Dios. Eran las claves del tiempo.
¿Por qué los mayas, aquellos seres galácticos, caminaban la tierra? Lo sabía. Respondía nuevamente a ese plan perfecto. Ellos tenían mucho que aportar ahí. Conocían la sincronización perfecta con el gran sol central de la galaxia, Hunab-Ku. ¿No era más sencillo si, en lugar de aprender libros y libros de conocimiento, los seres humanos simplemente se sincronizaran con el gran sol central?
Sintió una sacudida en su cabeza y su cuerpo. Algo la estremeció. ¡Demasiado sencillo!
Una civilización como la de los seres humanos no aceptaría que la solución está en algo tan simple. Ellos siempre buscarán formas y métodos complicados, frases rimbombantes que suban el tremendo ego de sus intelectos, y no se darán cuenta de que tras algo tan simple se esconde tal vez la mayor inteligencia de la galaxia.
Porque tras algo tan simple hay un mecanismo perfectamente calculado que responde a unas precisas y grandes leyes, ya accesibles al hombre en este momento, las leyes del tiempo: ser en y a través del tiempo.
Amada pudo ver en ese momento a modo de grandes ruedas de un mecanismo de reloj-galáctico. Todo estaba perfectamente calculado. Todo respondía a un número. Cada instante era diferente del anterior y sin embargo formaban el mismo tiempo.
¡Dios, aquello sí era grande!
Una civilización que entraba y salía en la tierra, sin perder contacto con otras estaciones intergalácticas. ¡Aquello era demasiado!
Habían estado poco tiempo, pero el suficiente para tejer toda esa verdad, todas esas claves en aquellos lugares por los que pasaron. Habían introducido aquellas claves en el interior de muchas gentes de la tierra, a modo de códigos que serían despertados en su momento, en el tiempo.
Nuevamente Amada sentía que todo seguía respondiendo al mismo plan, perfecto, preciso. Y, cuando hubieron concluido su misión, marcharon de la tierra, unos a otros mundos, otros se quedaron en otros planos, y otros hablaron de regresar mezclándose entre la gente, para que su telar fuera creciendo en dimensiones y fuerza.
Y Amada se sintió una con ellos, y en ese instante supo que esas claves estaban dentro de ella. Aquello era demasiado familiar para ella, y se vio entrando y saliendo a su antojo, como quería, siempre respondiendo a un propósito más grande que el de su pequeña voluntad. Aquellos seres se movían en un mismo y único propósito. Ahí estaba la mayor clave para ella, para el Mundo. Y le vino nuevamente ese recuerdo de ese sentir de tener un propósito, o más bien de haber recuperado "el" propósito. Y se sintió tan plena que creyó que iba a explotar en mil pedazos. Venció su temor y se dejó traspasar, atreviéndose a entrar, a través del dejar de ser, a la comprensión total del sinfín, de la totalidad, de la verdad, del tiempo, de Dios.
Y recordó y añoró su Yucatán Sagrado, aquel lugar por el que se había sentido hacía tanto tiempo. Aquel lugar que había sido, era y volvería a ser en su momento del tiempo. Y dio gracias al cielo por el privilegio de recordar y se abrió a sentir en ella la magia de, simplemente, "ser", un punto en la galaxia, parte de un complicado mecanismo de leyes de tiempo, una chispa divina, parte de Dios, descendiente de un valioso legado para la humanidad.
Y se quedó allí para siempre, porque sintió que nunca había dejado de estar allí. Y comprendió que apenas era una parte de aquel complejo plan de paz para la tierra.
Entonces se sintió tranquila, supo que estaba perfectamente sincronizada y que otros seres lo estaban también, y que estaban todos ellos unidos por el gran amor que se proferían, y que "siendo" ellos estaban tejiendo un telar en, sobre y a través de la tierra, que impregnaba las conciencias de todos los hombres. Y que todo estaba perfectamente sincronizado, y que todo tenía su momento en el tiempo. Y que el gran momento estaba cerca.
Y se dejó ser, y desapareció, y se perdió en el tiempo.