Un día de sol, como tantos otros que nos pasan desapercibidos en su esencia, el maestro y sabio Wen-chu caminaba por las montañas donde, desde hacía un tiempo, tal vez unos años (eso no importaba porque ya había transmutado su sentido del tiempo), había construido una choza que cumpliera sus necesidades básicas, y vivía con la naturaleza, en armonía y equilibrio con el todo.
Todas, o casi todas las mañanas, el maestro Wen-chu salía a pasear por las montañas, para hablar con sus habitantes los pájaros, los árboles, las plantas, los insectos, las esencias, etc., y aprovechaba para que, en este intercambio, la naturaleza le mostrara las plantas curativas, mágicas, alimenticias y demás, que poseía por si el hombre o el animal las precisaba.
Pues bien, esa mañana, radiante de sol, como acostumbraban a ser todas las mañanas para Wen-chu, fue una mañana particular. Wen-chu se despertó sabiendo, con la sabiduría de quien es uno con Dios, que aquella mañana algo distinto iba a acontecer.
Así pues, mientras caminaba, alerta para acoplar rápidamente su vibración a lo que fuese a acontecer, encontró un hombre, llorando, que emanaba desesperación, bajo un árbol. Se le veía pobre en apariencia, pero rico de espíritu. Así pues, el maestro se dirigió a él:
—Radiante día, buen hombre. Pareces perdido y angustiado, y el sol brilla y el poder del amor nos rodea. Así pues, ¿qué te ocurre?
—Señor, parece usted un hombre de conocimiento. Tal vez pueda ayudarme. Estoy buscándome a mí mismo, sólo que hace tanto tiempo que me perdí, que ya no tengo idea de por dónde debo empezar a buscar.
—Dime, hijo, ¿qué es lo que recuerdas en esencia de ti mismo?, ¿qué es lo que buscas?
—Recuerdo una esencia de alegría y amor. Recuerdo una esencia que no busca, porque ya tiene. Recuerdo una esencia en armonía con el todo, una esencia creativa, que sabe y conoce el porqué de todas las cosas.
—Bueno, hijo, dime, ¿recuerdas por dónde se perdió?
—Más o menos, señor. Se perdió en la materia. Se perdió en las ilusiones. Se perdió en los deseos. Se perdió en el olvido de sí misma para aparentar algo irreal.
»Por favor, señor...
—Maestro Wen-chu.
—Maestro Wen-chu, si usted pudiera ayudarme, mi gratitud le envolvería para toda la eternidad. Pues perdí la joya más valiosa de mi motivo de existencia.
»Las llamas del arrepentimiento, de la ignorancia, me consumen y queman mis entrañas y mi corazón.
—Hijo, voy a llamarte «buscador de la piedra preciosa».
»El espíritu me colocó ante ti esta mañana para que dirija tu búsqueda. Para que te ayude a direccionar tu mente y tu corazón en el camino correcto, en el que puedas por fin hallarte. Así pues, no me debes gratitud a mí, sino a Dios, que así lo ha querido. Yo tan sólo soy su servidor.
»Y ahora acompáñame a mi casa, donde morarás conmigo hasta que la senda de ti mismo aparezca ante tus ojos. Entonces deberás marchar, para encontrarla tú solo. Pues de no ser así, perdería su valor y no podrías verla.
Fue así como el maestro Wen-chu y «buscador de la piedra preciosa» se encaminaron por el bosque hacia la morada del maestro.
Por el camino, Wen-chu iba presentando a «buscador de la piedra preciosa» a todos sus compañeros en la armonía cósmica: los árboles, las plantas, los animales, los insectos, las esencias... Aquel día, apenas hablaron ya más. Tan sólo comieron y «buscador de la piedra preciosa» descansó, ya que estaba exhausto en su arrepentimiento.
Wen-chu preparó la comida, sabiendo que era un punto importante para quien quiere ser uno con el todo. Así pues, comieron de los alimentos que allí crecían, y Wen-chu escogió en particular unas semillas que, por su condición, ayudarían a la concentración de la mente y la energía de «buscador de la piedra preciosa».
A la mañana siguiente, los dos hombres despertaron y salieron a caminar por las montañas.
«Buscador de la piedra preciosa» hizo un intento por explicar a Wen-chu quién era, nombre, domicilio, profesión, etc. En fin, lo que la gente mundana acostumbra a hacer, ligándose y encarcelándose de ese modo a sus propias imaginaciones.
Wen-chu le paró, y dijo:
—Para mí, tú eres «buscador de la piedra preciosa». Si insistes en tener una personalidad, unas costumbres y un modo de vida, que es el que te ha llevado a este punto en el que estás, nunca podrás salir de él.
»El primer paso que debes dar es aniquilar tu personalidad, dejar de ser alguien para pasar a ser nada.
»Y cuando entiendas y sientas lo que es ser nada, estarás en condiciones para sentir lo que es el todo.
»Y cuando sientas lo que es el todo y lo que es ser nada, podrás ser uno con Dios. Y entonces se abrirá tu senda y verás la luz.
Anduvieron después una horas en silencio, mientras Wen-chu recogía los alimentos que la naturaleza le iba mostrando para que ayudaran a que aquel hombre se encontrara a sí mismo.
Y pasó el tiempo (no se sabe cuánto, por que el tiempo ya tenía otro valor), y Wen-chu fue instruyendo a «buscador de la piedra preciosa», como quien enseña a un niño que acaba de nacer.
El conocimiento y la esencia que «buscador de la piedra preciosa» estaba recibiendo, era algo nuevo para él, y al mismo tiempo lo único conocido, lo único real.
Y un día, cuando el maestro Wen-chu despertó por la mañana, supo que «buscador de la piedra preciosa» estaba en condiciones de partir.
Wen-chu le había instruido ya lo suficiente. Había dado unas pautas a su discípulo y, por un tiempo, compañero en el camino, y «buscador de la piedra preciosa» ya estaba en ese punto de equilibrio, de armonía con el todo, en el que conocía de qué modo equilibrarse a cada momento, y conservar esa armonía.
Hablaba ya con la naturaleza, y ésta ya le mostraba cuál sería su alimento diario.
Sabía ya cuándo debía comer y cuándo ayunar. Entendía el lenguaje de la naturaleza y de sí mismo. Podía, pues, emprender su camino.
Esa misma mañana, mientras tomaban unos alimentos para revitalizar sus energías, «buscador de la piedra preciosa» le dijo a Wen-chu:
—Maestro, mi día y mi hora en el tiempo, que no existe porque es eterno, ha llegado. Sé que debo marchar.
»Ahora un camino, mi camino, se abre ante mis ojos y me muestra la luz.
Wen-chu le miró, con el conocimiento de quien sabe, y asintió con la cabeza.
No hablaron más. Ambos prepararon lo indispensable para que «buscador de la piedra preciosa» cargara en una pequeña mochila.
En el momento de la partida, Wen-chu dijo a «buscador de la piedra preciosa»:
—Hijo, ahora ya conoces el conocimiento. Eres el dueño de ti mismo y sabes que apenas eres un servidor del todo.
»Eres parte de la naturaleza y ésta te responde con el mismo respeto con que tú la tratas.
»Aliméntate, pues, de los frutos que ella te mostrará en tu camino.
»Aliméntate de la luz que iluminará tu senda.
»Y apártate de lo que produzca oscuridad en tu corazón, porque estará fuera del camino.
»Que la luz y la fuerza del amor te acompañen para siempre...
Y se dieron un fuerte abrazo, en el que sus energías se fundieron en una, con tal fuerza de amor, que en ese mismo instante la naturaleza cantó.
Y a partir de entonces no se volvieron a encontrar nunca más, porque ya estaban juntos para siempre.
(mayo de 1991, introducción del libro "La alimentación consciente")